Reforzar los vínculos que nos unen

para crecer en comprensión, respeto y acogida

 

Discurso del Papa en la Sinagoga de Roma

 

 

Nuestras raíces comunes

Nuestra cercanía y fraternidad espirituales tienen en la Sagrada Biblia —en hebreo Sifre Qodesh, o «Libros de Santidad»— su fundamento más sólido y perenne, mediante el cual nos vemos constantemente confrontados con nuestras raíces comunes, con la historia y con el valioso patrimonio espiritual que compartimos. Al escrutar su mismo misterio, la Iglesia, Pueblo de Dios en la Nueva Alianza, descubre su propia y profunda vinculación con los judíos, elegidos por el Señor para ser los primeros de todos en acoger su Palabra (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 839). «A diferencia de otras religiones no cristianas la fe judía ya es una respuesta a la revelación de Dios en la Antigua Alianza. Pertenece al pueblo judío “la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas y los patriarcas; de todo lo cual procede Cristo según la carne” (cf. Rm 9, 4-5), “porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables” (Rm 11, 29)» (ibíd.).

 

Centralidad del Decálogo

Pueden ser numerosas las implicaciones que se derivan del legado común procedente de la Ley y de los Profetas. Quisiera recordar algunas de ellas: ante todo, la solidaridad que une a la Iglesia y al pueblo judío «a nivel de su misma identidad» espiritual y que brinda a los cristianos la oportunidad de promover «un nuevo respeto por la interpretación judía del Antiguo Testamento» (cf. Pontificia Comisión Bíblica, El pueblo judío y sus Escrituras Sagradas en la Biblia cristiana, 2001, págs. 12 y 55); la centralidad del Decálogo como mensaje ético común de valor perenne para Israel, la Iglesia, los no creyentes y toda la Humanidad; el compromiso de preparar o realizar el Reino del Altísimo «cuidando la creación» encomendada por Dios al hombre para que la labre y la conserve responsablemente (cf. Gn 2, 15).

 

El gran código ético para la Humanidad

De manera especial, el Decálogo —las «Diez Palabras» o Diez Mandamientos (cf. Ex 20, 1-17; Dt 5, 1-21)—, que procede de la Torá de Moisés, constituye la antorcha de la ética, de la esperanza y del diálogo; la estrella polar de la fe y de la moral del pueblo de Dios, y alumbra y guía al mismo tiempo el camino de los cristianos. Constituye un faro y una norma de vida en la justicia y en el amor: un gran «código ético» para toda la Humanidad. Las «Diez Palabras» arrojan luz sobre el bien y el mal, sobre lo verdadero y lo falso, sobre lo justo y lo injusto, también según los criterios de la recta conciencia de todo ser humano. El propio Jesús lo reiteró varias veces, subrayando que es preciso un compromiso activo en el camino de los Mandamientos: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19, 17). (...).

 

Apertura a la dimensión trascendente

Las «Diez Palabras» piden que se reconozca al único Señor, contra la tentación de fabricarse otros ídolos, de labrarse becerros de oro. En nuestro mundo, muchos no conocen a Dios o lo consideran superfluo, sin relevancia para la vida: de ahí que se hayan fabricado otros nuevos dioses ante los que el hombre se inclina. Suscitar en nuestra sociedad la apertura a la dimensión trascendente, testimoniar al único Dios, es un valioso servicio que judíos y cristianos pueden prestar juntos.

 

Valor de todo ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios

Las «Diez Palabras» piden respeto y protección de la vida contra toda injusticia y vejación, y reconocimiento del valor de todo ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios. ¡Cuántas veces, en todo rincón, cercano o lejano, de la tierra, siguen conculcándose la dignidad, la libertad y los derechos del ser humano! Testimoniar juntos el valor supremo de la vida contra todo egoísmo significa ofrecer una importante aportación con vistas a un mundo en el que reinen la justicia y la paz: ese shalom invocado por los legisladores, los profetas y los sabios de Israel.

 

La santidad de la familia

Las «Diez Palabras» piden que se conserve y fomente la santidad de la familia, en la que el «sí» personal y recíproco, fiel y definitivo, del hombre y de la mujer da espacio al futuro, a la humanidad auténtica de cada uno, y se abre, al mismo tiempo, al don de una nueva vida. Testimoniar que la familia sigue siendo la célula esencial de la sociedad y el marco básico en el que se aprenden y ejercen las virtudes humanas, constituye un valioso servicio que debemos prestar con vistas a la construcción de un mundo con un rostro más humano.

 

Actos de misericordia

Como enseña Moisés en el Shemá (cf. Dt 6, 5; Lv 19, 34) y Jesús reafirma en el Evangelio (cf. Mc 12, 19-31), todos los mandamientos se sintetizan en el amor de Dios y en la misericordia hacia el prójimo. Dicha regla obliga a judíos y cristianos a ejercer, en nuestro tiempo, una generosidad especial para con los pobres, las mujeres, los niños, los extranjeros, los enfermos, los débiles, los menesterosos. Existe en la tradición judía un dicho admirable de los Padres de Israel: «Simón el Justo solía decir: “El mundo descansa en tres pilares: la Torá, el culto y los actos de misericordia” (Aboth 1, 2). Mediante el ejercicio de la justicia y de la misericordia, judíos y cristianos están llamados a anunciar y a testimoniar el Reino del Altísimo que viene, y por el que oramos y trabajamos cada día en la esperanza.

 

Diálogo abierto y sincero

En esta dirección podemos avanzar juntos, conscientes de las diferencias que entre nosotros existen, pero también de que, si logramos aunar nuestros corazones y nuestras manos para responder a la llamada del Señor, su luz se acercará para alumbrar a todos los pueblos de la tierra. Los pasos dados durante estos cuarenta años por el Comité Internacional de Enlace Católico-Judío (...) constituyen un signo de la voluntad común de proseguir un diálogo abierto y sincero. Precisamente mañana, la Comisión Mixta celebrará aquí en Roma su IX Encuentro sobre «La enseñanza católica y judía sobre la creación y el medio ambiente»; le deseamos un provechoso diálogo sobre un tema de tanta importancia y actualidad. (...).

 

El don precioso de la Paz

Le pido al Señor el don preciado de la paz para el mundo entero, sobre todo para Tierra Santa. En mi peregrinación del pasado mes de mayo, en Jerusalén, ante el Muro del Templo, le pedí a Aquél que todo lo puede: «Derrama tu paz sobre esta Tierra Santa, sobre el Oriente Próximo, sobre toda la familia humana; despierta el corazón de todos los que invocan tu nombre, para caminar humildemente»  (...)

 

Terminó el Papa su discurso rezando

el Salmo 117 en lengua hebrea:

«¡Alabad al Señor, todas las naciones,

celebradle, pueblos todos!

Porque es fuerte su amor hacia nosotros,

la verdad del Señor dura por siempre».

(Original italiano ; traducción de ECCLESIA.)